El novillero Gonzálo González

Por Álvaro Acevedo / Foto: Mauricio Berho

Cada muerte es un capítulo más de esas goteras que se van formando a tu alrededor cuando ya tienes una edad. Son lentas pero incesantes, caen con una constancia implacable. Mas hay una gotera con la que no cuentas, la de las personas a las que crees que todavía no les toca, y Gonzalo González pertenecía a ella.

Recibí la noticia de su adiós por mi hermano. Los tres compartimos buenos ratos juntos cuando mi padre le apoderaba. Había ido a verle torear a Albacete y cuajó un novillo de Guardiola, y el restaurante ‘El Callejón’, que aquella temporada de 1987 comenzaba a otorgar el trofeo a la mejor faena de la feria, le iba a conceder una mención especial como novillero, quedándose desierto el premio principal, en teoría sólo destinado a matadores. En el acto de entrega, mi padre dijo que ni mención especial ni leches, que en la primera edición ese premio no se podía quedar desierto, y que el faenón de Gonzalo González bien que lo merecía. Y así fue cómo el primer trofeo de la mejor faena de la Feria de Albacete que comenzó a otorgar ‘El Callejón’ fue para aquel espigado novillero. Al indomable Manuel Acevedo, que desde aquel momento ya comenzó a defenderlo antes incluso de apoderarlo, le cautivó su temple innato, el pulso de su mano izquierda y el valor sereno que le amparaba.

No acabó de romper pese a sus excelentes cualidades, así que se hizo banderillero y estuvo muchos años, entre otros, en las filas de Manuel Caballero brillando sin lucirse, o sea, mostrándose como un torero de plata sobrio y eficaz. Una vez jubilado tras muchos años de profesión, ejercía como profesor de la escuela taurina de Albacete, en la que además estaba su hijo Alejandro, su gran ilusión en estos momentos. La vida hizo que perdiéramos bastante el contacto, pero en el tiempo en el que lo traté me demostró ser una muy buena persona en el sentido más amplio de la expresión, con sentido del humor, generosidad y respeto. Era, además, un gran aficionado y, por supuesto, un apasionado del toreo.

A lo largo de estos años le he visto desempeñar de manera impecable sus funciones, primero como banderillero y en su última etapa como profesor, y he seguido con atención el empeño y la entrega que tenía en la carrera de su hijo, pero para mí Gonzalo González siempre será aquel novillero que esperanzó tanto a mi padre. Aquel muchacho que, en todas las ganaderías de la Ruta del Toro, era conocido por la lentitud y largura de sus naturales. Cuando sobran ilusiones y proyectos, la muerte es una injusticia. Descansa en paz, torero.

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